Sunday, January 8, 2012

¿Euroblindaje o euroceguera?


Texto de Simon Critchley que, como el propio New York Times dice, pone la crisis económica de Europa como una tragedia griega.




EURO CEGUERA
New York Times
21 noviembre2011


Los pasados días, semanas y meses han visto incontables descripciones en los mass media sobre la crisis en la eurozona y el papel de Grecia como el principal actor de la tragedia. Pero, ¿lo es? Bueno, sí, pero no en el sentido en el que usualmente se discute, y la diferencia es importante y reveladora.

En el usual lenguaje mediático, una tragedia es simplemente una desgracia que acontece a una persona (un accidente, una enfermedad mortal) o a un gobierno (un desastre natural) y que está fuera de control. Mientras esta es una definición precisa de la palabra muy discutible –algo así aparece en muchos diccionarios– hay una interpretación más profunda e interesante del término encontrada en muchas de 31 tragedias griegas existentes.

Lo que estas antiguas tragedias representan una y otra vez no es la desgracia fuera del control de un personaje; antes, muestran las formas en que los humanos nos coludimos,  aparentemente sin darnos cuenta, con las calamidades que nos suceden.

La tragedia en el teatro griego requiere cierto nivel de complicidad. No es solamente una cuestión de mala suerte, o una obscura profecía que fluye desde la inescrutable pero a menudo cuestionable voluntad de los dioses. La tragedia requiere nuestra conspiración con el destino. En otras palabras, requiere un grado de libertad.

Es en este sentido que podemos entender la tragedia Edipo Rey. Con despiadada ironía (las primeras dos sílabas del nombre Edipo, “los pies baldados”, también significan “yo sé”, eda), miramos a alguien actuar desde una posición de aparente conocimiento –“yo soy Edipo, algunos me llaman grande, resuelvo enigmas; ahora ciudadanos, ¿cuál es el problema?” (parafraseo asaz libremente)– una verdad más profunda sobre la que Edipo no parece saber nada: es un parricida y un incestuoso.

Pero hay una lejana historia que necesita ser recordada. Edipo apareció en Tebas y resolvió el enigma de la Esfinge sólo después de haber rechazado volver a la creía su ciudad de origen, Corinto, porque el oráculo le había hecho una profecía: que mataría a su padre y yacería con su madre.

Edipo sabía su maldición. Y, por supuesto, iba en el sentido del oráculo que conocería a un hombre viejo que, de hecho, se le parecía mucho, como su madre Yocasta inadvertidamente admite después en la obra, que se niega a darle el paso en una encrucijada y a quien mata en un fino ejemplo de antigua cólera vial.

Uno podría pensar que dadas las terribles nuevas desde el oráculo, y dada la incertidumbre sobre la identidad de su padre (Edipo es llamado bastardo por un ebrio en un banquete en Corinto, que es lo que primeramente infecta su mente con duda), podría haber sido más prudente antes de decidirse a matar a un hombre viejo. De hecho, una inferencia razonable para tener en cuenta al oráculo habría sido: “¡No mates ancianos! Nunca puedes saber quienes podrían ser”.

Entonces, un aspecto moral de la tragedia es que nosotros conspiramos con nuestro destino. Esto es: el hado requiere de nuestra libertad para traer el destino ante nosotros. La delicada paradoja de la tragedia es que al tiempo que conocemos y desconocemos nuestro destino somos arruinados en el proceso de su valoración.



Napoleón es sospechoso de haberle dicho a Goethe que el papel que el destino juega en el mundo antiguo se convierte en la fuerza de la política en el mundo moderno. No se requiere más la presencia de los dioses y de los oráculos para entender el ineluctable poder del hado.

Esta es una idea interesante; pero no implica que debamos condenar como un hado incontestable los regímenes políticos bajo los que vivimos. Es más bien que nosotros conspiramos con nuestro destino y actuamos –sin darnos cuenta, al parecer– de manera que el destino venga a caer sobre nuestras cabezas. Tal es, quizá, la vida de la política. Tenemos los gobiernos que merecemos.

Teniendo en mente la eurocrisis, es notable que el trágico drama tiene una estructura de boomerang: la acción arrojada al mundo regresa con una velocidad potencialmente fatal. Edipo, el descifrador de enigmas se convierte él mismo en enigma. La obra de Sófocles lo presenta ocupado, inquiriendo sin cesar en una contaminación que está destruyendo el orden político, envenenando los manantiales y produciendo mortandad infantil. Pero él es esa contaminación.

La más profunda verdad es que Edipo sabe algo de esto desde el principio, pero se niega a ver y escuchar cuanto le dicen. Desde muy temprano en la obra, Tiresias, el vidente ciego, le señala que él es el causante de la contaminación que busca erradicar. Mas Edipo, simplemente, no escucha a Tiresias. Esta es una manera de interpretar la palabra “tirano” en el título griego original de Sófocles: “Edipo Tirano”, Edipo Rey. El tirano no escucha lo que le dicen y no ve lo que está frente a sus ojos.

Hay una maravillosa expresión griega que aquí tomo prestada de la poeta Anne Carson: “la vergüenza yace en los párpados”. El caso es que el tirano no siente vergüenza. Hosni Mubarak no sentía vergüenza; Muammar el-Qaddafi no sentía vergüenza; Silvio Berlusconi no sentía vergüenza; Rupert Murdoch no siente vergüenza.

Las tragedias griegas proveen de lecciones sobre la vergüenza. Aprender la lección y alcanzar finalmente algo de discernimiento, como hace Edipo, cuesta la vista y podríamos arrancarnos los ojos, por vergüenza.

El mundo político está repleto de histrionismo, falsa vergüenza y falsa humildad, así como de conmovedoras disculpas actuadas. Pero la verdadera vergüenza es otra cosa.

El Euro era el gran proyecto predicho a unificar Europa, conduciendo una gruesa amalgama de estados en un mercado libre con miras a una genuina unidad económica, social y cultural. Pero terminó separando a la región y creando insidiosos efectos, como el de la espectacular escalada del populismo de derecha en casi cada estado miembro, como Holanda e incluso la querida y vieja Finlandia.

Lo que hace de esto una tragedia es que sabíamos de algunos de tales efectos desde el inicio –observadores económicos de diversos niveles lo habían profetizado– y todavía nosotros conspiramos con arrogancia, dogmas y complacencia. Los líderes europeos –tecnócratas a quienes Paul Krugman apodó esta semana “crueles y aburridos románticos”– ignoraron las advertencias de que el euro era un proyecto políticamente motivado que simplemente podía no funcionar dada la diversidad de economías que tal sistema quería cubrir.

Los observadores, de hecho, dijeron que podría fallar; pero los políticos a lo largo y ancho de Europa ignoraron las advertencias, porque no encajaban con su versión de la fantasía de Europa como contrapeso de la hegemonía de Estados Unidos. Malos acuerdos fueron tomados, algunas mentiras dichas; la gente de los varios países miembros fue forzados de conformidad a menudo sin ser consultada, y ahora los proverbiales vientos sembrados regresan como tempestades.

Pero no se ve ni se escucha nada, vergonzosamente. La trágica verdad que en el intento desesperado de sostener la Unión Europea se ve, dividiendo, sin que responsabilidad alguna sea aceptada por el desastre, es algo que a la vez se quiso y amenaza ahora con destruir la unión en su forma actual.

El euro es un gran boomerang ocupado en golpear a millones de personas. Y los líderes europeos, en su ceguera, continúan actuando como si no lo fuera.



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